
Llamado a servir: la vivencia de un líder de jóvenes
Vivencia real sobre el llamado a servir como líder de jóvenes: la valentía del amor al prójimo según Mateo 22:39 y el anhelo de servir.

Miguel Euraque
Hoy justamente viví una experiencia que me golpeó muy fuerte en el corazón. Quiero compartirla contigo con toda honestidad, porque estoy convencido de que lo que aprendí esa tarde tiene que ver con el llamado a servir que Dios ha puesto sobre cada uno de nosotros, y con la diferencia entre saber que estamos llamados y atrevernos a responder.
No es una historia de éxito: es la historia de una oportunidad que desaproveché, y de lo que Dios me enseñó a través de mi propio fracaso. Espero que, al leerla, puedas aprender sin tener que vivirlo como yo lo viví.
El llamado a servir no se limita a los que tienen un cargo: es la invitación de Dios a ser su instrumento en las situaciones concretas de cada día, empezando por la persona que está llorando a tres metros de ti. La vivencia que comparto en este artículo me enseñó que el llamado llega en los momentos más inesperados, que nuestras excusas no le interesan a Dios y que la diferencia entre una oportunidad aprovechada y una perdida está, casi siempre, en la valentía del primer paso.
Tabla de contenidos
- La historia
- Lo que la Biblia dice sobre servir
- Lo que aprendí de esa tarde
- ¿Qué dirá tu epitafio?
- En conclusión: el llamado a servir
La historia
Quiero contarte los detalles tal como los viví, sin adornarlos ni esconder mi parte de responsabilidad. A simple vista era una tarde común y corriente, de esas que no prometen ninguna sorpresa: yo iba concentrado en mis planes y en llegar puntual a mi compromiso. Pero Dios tenía preparada una lección que no estaba en mi agenda, y me la dio a través de una escena que todavía hoy, cuando la recuerdo, me incomoda y me enseña algo nuevo.
La escena que me golpeó el corazón
Estaba visitando una iglesia para una capacitación. Cuando comencé a ingresar con el auto al parque de dicha iglesia, un hermano ujier, un servidor, me detuvo para decirme dónde me podía estacionar.
Le expliqué que solo me estaba dejando en el lugar, y le pedí que, por favor, me indicara dónde podía dar la vuelta para que mi mamá, que me andaba dejando, pudiera salir más fácilmente. El hermano ujier me estaba explicando dónde podía ir a dar la vuelta cuando, de repente, me llamó la atención una chica, una adolescente, que estaba sentada cerca de donde el ujier se encontraba, tal vez a unos escasos tres metros. Lo que me llamó la atención de esta chica es que estaba llorando.
Quizá dirás: «¡pero todos tenemos problemas en algún momento, y esto algunas veces nos causa tanto dolor que lloramos!». Es cierto. Pero a mí me dolió hasta lo más profundo de mi ser, y quiero decirte por qué.
Nadie se movió (y yo tampoco)
Porque cerca de esta chica estaba el hermano ujier; además, otros ujieres estaban también cerca, y también estaba yo. Y nadie se movía para preguntarle a esta chica qué le pasaba o si le podían ayudar en algo.
Fíjate bien en la escena: una adolescente llorando, rodeada de personas que servían en la iglesia, personas que, humanamente, estaban en el lugar perfecto para acercarse, y ninguna se movía. Yo incluido. Todos seguimos con nuestras cosas: el ujier con sus instrucciones, yo con mi prisa por llegar a la capacitación. Y la chica, sola con su dolor.
Esta situación trae a mi memoria el pasaje de Mateo 22:39, que dice: «Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Lo que la Biblia dice sobre servir
Después de lo ocurrido, no pude evitar preguntarme qué dice Dios realmente acerca de servir. Mi mente volvió una y otra vez al pasaje que te mencioné: ese mandamiento que es tan sencillo de recitar, memoria y tan costoso de vivir en el momento exacto. Quiero detenerme un poco en él, en su contexto y en su aplicación, porque fue la luz que Dios usó para mostrarme lo que había pasado en mi propio corazón aquella tarde.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo
Conviene recordar el contexto de estas palabras: Jesús las pronuncia cuando un intérprete de la ley le pregunta cuál es el gran mandamiento de la ley. Jesús responde con dos: amar a Dios con todo el corazón, y amar al prójimo como a uno mismo, citando a su vez el libro de Levítico. El segundo mandamiento no es un adorno: es parte esencial de lo que significa seguir a Cristo.
Mira qué importante es este pasaje. Piensa que, por un momento, el Señor nos llamó a que amáramos a los demás así como nos amamos a nosotros. Y aquella tarde era el momento idóneo para mí para reflejar ese amor a una chica que sentía dolor: el mandamiento más claro, en la situación más concreta, con la persona más cercana, a tres metros.
A veces, a los chavos y chavas que trabajamos con otros jóvenes se nos olvida que estamos llamados a dejarnos usar por el Señor como ese instrumento que puede impactar la vida de los demás. No siempre el llamado es un púlpito o un cargo; a veces es una adolescente que llora y una pregunta que nadie más se atrevió a hacer.
Mis excusas (y las tuyas)
Sé que muchas veces cuesta ir y preguntarle a alguien: «¿qué es lo que te sucede?». Como en el caso que me pasó a mí. Esto puede ser difícil, porque:
- No conocía a la chica.
- No pertenecía a esa iglesia.
- ¡Ah! Me daba vergüenza irle a hablar.
Reflexionándolo un poco, no creo que al Señor le interesaran mis excusas. Porque el Señor me estaba permitiendo en ese momento el privilegio de ser su vocero, su representante, la respuesta al dolor de esta chica. O sea: estaba teniendo el privilegio de ir a servir a esta señorita. Y pienso que, quizás, el Señor no le había hablado a ninguno de aquellos queridos ujieres para que se acercaran a ella. Para ser sincero conmigo mismo, a mí sí me estaba hablando.
Las excusas siempre serán razonables: no la conozco, no es mi lugar, qué van a pensar, tengo prisa. Pero el llamado de Dios no espera a que las excusas desaparezcan; espera que las dejemos a un lado.
Lo que hice… y lo que no hice
Y si me preguntas qué pasó, te cuento: fui y di la vuelta en un redondel que estaba cerca, me estacioné en el mismo lugar donde estaba la chica, solo que del otro extremo. Justo antes de bajarme, esta chica se dirigía hacia el templo de esa iglesia.
Pasó justo delante de mí, con sus ojos llenos de lágrimas y su rostro reflejando ese dolor que había en su interior. Yo, lo único que hice en ese momento fue verla. Cuando vi que había pasado, me despedí de mi familia y traté de bajarme lo más rápido posible del auto para alcanzarla. Para cuando me había bajado, la chica ya iba muy lejos.
Lo tengo que admitir con mucho dolor: lastimosamente, esta chica se fue sin saber lo que el Señor tenía para ella. Dios me escogió como su instrumento en ese momento, pero yo lo pensé, lo pensé demasiado, y desaproveché el privilegio que el Señor me dio en ese instante.
Vaya. Créeme, no me sentí nada bien después de esto. Entré a mi capacitación, pero no podía borrar de mi mente el rostro de esta chica afligida… y yo que no hice nada.
Lo que aprendí de esa tarde
Te puedo decir con toda honestidad que oro a Dios porque, sea lo que sea que esta chica estuviera viviendo, él la restaure. Y le pido al Señor que me permita, en otra oportunidad, ser alguien valiente a quien él pueda usar como su instrumento. Pienso que, si llego bajo la dirección del Espíritu Santo, él me dará las palabras que he de pronunciar.
De esa tarde aprendí tres cosas que hoy quiero dejarte:
- El llamado casi nunca llega en el escenario; llega en el pasillo. La oportunidad de servir apareció a tres metros, no en un púlpito. Y estaba ahí para quien quisiera verla.
- Pensar demasiado cuesta caro. Yo lo pensé, y la chica se fue. Hay momentos en los que el primer paso se da antes de sentirse listo, confiando en que Dios dará las palabras.
- El arrepentimiento sincero es el punto de partida, no la meta. Reconocer la oportunidad perdida duele, pero ese dolor puede convertirse en valentía para la próxima vez. Yo le pido a Dios que la próxima vez me encuentre listo.
Dios te elige por su gracia
Amigo o amiga, muchas veces el Señor te va a querer usar en situaciones como la que yo viví. Así que si en ese momento viene a tu mente el pensamiento: «¿por qué a mí, Señor? ¡No puede ser otra persona!», te diré: él no te eligió porque confíe en tu desempeño ni porque hayas demostrado ser digno de confianza; te eligió por su gracia. El llamado nunca es un premio al mérito: es un privilegio que Dios regala a sus hijos para que tengamos el honor de servirle.
Esa es una verdad que me sostiene: el llamado no es un examen que Dios te pone para ver si fallas; es gracia que nos alcanza y nos abre la puerta de trabajar junto a Él, aun sabiendo quiénes somos. Él no elige a los perfectos; elige a los disponibles. Y los disponibles, como tú, a veces dudan, pero la próxima vez pueden atreverse.
¿Qué dirá tu epitafio?
Para concluir, quiero decir que, sin importar si eres una persona que asiste con regularidad a una iglesia pero aún no se ha involucrado en algún ministerio, o si eres una persona que es líder de mil células, recuerda: eres el amigo que Dios quiere usar en esas situaciones.
Medita por un momento: al morir, ¿qué te gustaría que dijera tu epitafio?
En lo personal, me gustaría que dijera: «Sirvió a su generación». Así como el rey David, de quien leemos en Hechos 13:36, en el sermón de Pablo en Antioquía de Pisidia: «Y a la verdad, David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió y fue reunido con sus padres…».
Esa es la meta que esa tarde me mostró con claridad: no se trata de cuántas veces servimos en grande, sino de estar atentos a las oportunidades pequeñas que Dios pone delante de nosotros, aunque vengan disfrazadas de una adolescente que llora a tres metros de distancia.
En conclusión: el llamado a servir
El llamado a servir no se mide en cargos, sino en respuestas: la respuesta a una necesidad, a una persona, a un momento. Mi vivencia de aquella tarde me enseñó que las oportunidades de servir aparecen donde menos las esperamos, que nuestras excusas no le interesan a Dios y que la diferencia entre aprovechar el momento y perderlo está en la valentía del primer paso. Pero también me enseñó que el fracaso no es el final: el dolor del arrepentimiento puede convertirse en la fuerza de la próxima respuesta.
El siguiente paso es concreto: esta semana, pídele a Dios que te abra los ojos para ver la oportunidad de servir que está delante de ti, tal vez muy cerca, a tres metros, y comprométete a dar el primer paso antes de pensarlo demasiado. Cuando veas a alguien que sufre, acércate. Ese es el llamado.
Y cuéntame: ¿has vivido una situación como la de este artículo? ¿Qué te detuvo, y qué te ayudó a atreverte? Comparte tu experiencia en los comentarios.
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